sábado 11 de julio de 2009

Necesidad de Jackson


Releo en estos presuntos días de verano Necesidad del mito, el espléndido ensayo que Luis Alberto de Cuenca publicó en 1976 y que ahora recupera Nausicaä. Se cita en él aquel célebre párrafo de Malinowsky en el que aseveraba que el mito cumple en la cultura una función indispensable; expresa, realza y codifica la creencia; salvaguarda y robustece la moralidad; se responsabiliza de la eficiencia del ritual y contiene reglas prácticas para el gobierno del hombre. El mito es, pues, un ingrediente vital de la civilización humana. Entre página y página, dirijo la mirada hacia el televisor para encontrarme con las imágenes de la multitudinaria y estrambótica ceremonia de despedida a Michael Jackson en Los Ángeles. El adolescente, la dama burguesa o el intelectual, sigue Luis Alberto, tienen, hoy como ayer, su galería de modelos 'ejemplares', deducidos de su propio caudal de dioses y héroes míticos. Al otro lado de la pantalla, un jovenzuelo ejecuta el moonwalk mientras las integrantes de un coro cantan Will you be there con lágrimas en los ojos. El mito motiva (...). Porque los mitos forman la base del mundo, al estar fundados sobre unas 'archaí' inagotables situadas en un pasado que, a fuerza de repetirse 'ad infinitum', deviene inmortal e imperecedero. En el cielo aúllan las gaviotas. Está anocheciendo.

[Artículo publicado hoy en la última página del suplemento Culturas del diario El Comercio]

viernes 10 de julio de 2009

Empieza el espectáculo...

(...) Miguel Barrero sigue en la sala de máquinas de AQ, y además se hará cargo de contarles con maestría lo que suceda en la Carpa Imagenio/AQ (recuerden comprar su premiadísima novela Los últimos días de Michi Panero, que él se la firma allí donde lo pillen). Rafa Morilla acompaña con brillantez a los teclados a este grupo que procurará no desafinar demasiado (...)

[Ángel de la Calle, hoy, en su columna del primer número del diario A Quemarropa]

Pues eso. Que hoy empieza el lío. Que estaré (muy) poco por aquí. Que disculpen si no actualizo más que de cuando en cuando. Que si vienen por la Semana Negra y se aburren, búsquenme. Seguro que tendré algo de trabajo para darles...

jueves 9 de julio de 2009

Microcosmos162: Condena

Uno de los refranes que más han calado en el subconsciente colectivo es ése que, más o menos, viene a decir que si un río mete ruido es porque en él fluye abundante el agua. Se ve a menudo, cada vez que la mierda salpica a alguien de mayor o menor notoriedad, y se ha constatado estos días, tras la muerte de Michael Jackson y el rosario de reacciones posteriores. Ni los medios más ecuánimes o menos proclives al sensacionalismo han podido resistirse a la tentación de mencionar aquellos supuestos escarceos del cantante con menores utilizando unas sintaxis ambiguas y echando mano sin complejos de una pragmática abierta a toda clase de interpretaciones. Poco les importó que, ya en su día, la justicia absolviera al rey del pop de unos delitos que no pudieron probarse. La carnaza estaba ahí, o había estado tiempo atrás, y no era cuestión de desaprovecharla. No es un caso aislado, ni será el único. Paradójicamente, y pese a la evolución de la justicia, la presunción de la culpabilidad, que no de su contrario, viene siendo una constante cuyos orígenes sería casi imposible adivinar. Poco importa que todos aceptemos la pertinencia de esa máxima que afirma que uno es inocente hasta que alguien demuestra lo contrario. En realidad, todos acogemos ya la acusación como una condena definitiva e implícita que ni siquiera necesita verse refrendada en un juzgado. Contra toda lógica, no nos escandalizamos cuando se le pide a alguien que demuestre su inocencia, olvidando que tal cosa es prácticamente imposible y que es quien acusa quien debe aportar argumentos que sostengan sus afirmaciones, y sí cuando alguien alza la voz para pedir prudencia, calma, sosiego, reflexión. No es infrecuente ver cómo hay quien se cree legitimado para acusar a quien le venga en gana sin necesidad de justificar los cargos que le atribuye a su víctima, y cómo es ésta quien la mayor parte de las veces queda sola e indefensa, a expensas de los leones, entre contrita e incrédula por hallarse en una tesitura de salida difícil, cuando no inexistente. La injusticia, ya exacerbada con los vivos, resulta mucho peor con los muertos: ellos no pueden reaccionar ni defenderse, y por eso su indefensión es aún mayor, hasta el punto de que ni siquiera el haberse justificado en vida les exime de esa descarnada y cruel condena póstuma. De esa sombra de duda que pesará como una losa y que les acompañará ya para siempre, allá donde vayan.

El Comercio, 9 de julio de 2009

miércoles 8 de julio de 2009

El largo viaje

Cada vez que un amigo o familiar se va de viaje y me pregunta si quiero que me traiga algo, nunca sé qué contestar. En realidad, nunca tengo muchas ganas de nada que no pueda encontrar fácilmente en mi ciudad o en sus alrededores, y las pocas veces que se me ha ocurrido algún posible obsequio tuvo más que ver con ciertas mitomanías personales que con la voluntad de hacerme con algún bien material procedente de un lugar en el mundo desconocido para mí. Los resultados, en ese aspecto, no siempre fueron óptimos: allá por 1996, mi padre se fue a Nueva York y le pedí que sacara una foto para mí en Strawberry Fields; los resultados fueron desastrosos.

Después hubo un tiempo, que coincidió más o menos con el inicio de mis estudios universitarios, en el que empecé a coleccionar periódicos, así que me valía con que el viajero cuestión, en un momento dado de su estancia en el destino vacacional que hubiese elegido, se acordara de mí al pasar por algún quiosco. Sin embargo, la afición no me duró mucho: demasiado espacio, demasiado papel que acababa quedándose sucio y amarillento, demasiado que seleccionar tirar luego, cuando el caos comenzaba a imperar en mi cuarto y tocaba imponer un poquito de orden.

Como tengo amigos que viajan poco -o que, si viajan, nunca se van demasiado lejos- y mis padres han dejado de interesarse por esas cosas y mi hermano ha decidido volver siempre de sus periplos con una camiseta para mí, sea cual sea el lugar al que vaya, hacía tiempo que ni le pedía nada a nadie ni me veía en la obligación de pensar una respuesta a la pregunta que mencionaba en el primer párrafo. Pero cuando conocí a Miguel Cane y se fue por primera vez a México, le pedí que me trajera una copia en deuvedé de una película de Disney, Los tres caballeros, que recordaba con mucho cariño de mis años infantiles y que hacía años que no había vuelto a ver. Hace unos meses volvió a irse por tercera vez (la segunda le sugerí que me regalase una iguana -unos días antes habíamos visto juntos la película de John Huston sobre la obra de Tennessee Williams-, pero mi novia dijo que si la iguana entraba en casa se iría ella, y uno aún tiene claras sus preferencias en ciertos aspectos de la vida) y me preguntó qué quería que trajese a su regreso. Satisfecha ya mi nostalgia infantil, y sin ninguna posibilidad de tener uno de aquellos adorables anfibios en casa, le dije que se despreocupara, que no me trajese nada.

Sin embargo, lo bueno de los amigos es que aciertan con lo que uno quiere aun cuando ni siquiera sabe que lo quiere. Miguel Cane volvió de México hace unos días -había ido para quedarse tres semanas, acabó viviendo allí durante más de un trimestre-y le faltó tiempo para plantarse en mi casa y traerme mi obsequio: una primera edición de El largo viaje, el libro en el que Jorge Semprún noveló sus experiencias en un campo de concentración nazi y que, en su versión española (el autor la escribió originalmente en francés), vio la luz en el DF a causa de las restricciones impuestas por la censura franquista.


Y lo mejor de todo es que Semprún se pasará por Gijón en unos días, así que a poco que me esmere la cosa puede salir redonda. Al final no va a ser tan malo que haya gente que le conozca demasiado bien a uno...

Ítaca

Cuando te encuentres de camino a Ítaca,
desea que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al enojado Poseidón no temas,
tales en tu camino nunca encontrarás
si mantienes tu pensamiento elevado, y selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo tienta.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al fiero Poseidón no encontrarás
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu alma no los coloca ante ti.

Desea que sea largo el camino.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con qué alegría, con qué gozo,
arribes a puertos nunca antes vistos,
detente en los emporios fenicios
y adquiere mercancías preciosas,
nácares y corales, ámbar y ébano,
y perfumes sensuales de todo tipo,
cuantos más perfumes sensuales puedas.
Ve a ciudades de Egipto, a muchas,
aprende y aprende de los instruidos.

Ten siempre en tu mente a Ítaca.
La llegada allí es tu destino.
Pero no apresures tu viaje en absoluto.
Mejor que dure muchos años,
y ya anciano recales en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que te dé riquezas Ítaca.

Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene más que darte.

Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.
Así sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
comprenderás ya qué significan las Ítacas.

Constantino Cavafis

lunes 6 de julio de 2009

Líneas de alta tensión


Allá por 2007, empezó a aparecer por las páginas de La Nueva Quintana, el suplemento asturianista del diario La Nueva España, la firma de un tal Javier García Rodríguez a quien ni yo ni mis conocidos más próximos (me refiero al mundillo literario, si se le puede llamar así) conocíamos de nada y que, sin pudor ni recato, levantaba acta de cuantos proyectos, publicaciones y actitudes iban llegando a sus oídos. Lo común de su patronímico, y el hecho de que sus crónicas denotaran un cierto don de ubicuidad, a tenor de lo mucho y variado de los saraos que recorría o parecía recorrerse al cabo de la semana, me hicieron pensar (y no fui el único) que tras aquel nombre propio se ocultaba en realidad un seudónimo tras el que se ocultaba un grupo de escritores o de periodistas culturales que habían optado por el anonimato para poder dar rienda suelta a sus críticas, opiniones o circunloquios sin que nadie les pidiera cuentas por ello.

Pero mi teoría se vino al garete cuando, a finales de mismo año, el susodicho apareció con foto y todo en los periódicos promocionando un poemario escrito por él (Estaciones, publicado por KRK) y dándose a conocer ante el mundo que él se había encargado de diseccionar hábilmente desde la soledad de su despacho. Supe entonces que había nacido en Valladolid, que daba clases de Literatura en la universidad de la capital castellana y que, por alguna extraña razón, andaba muy interesado en los entresijos de la vida cultural asturiana. Dado que me había mencionado varias veces en sus crónicas (cinco en total, según he podido saber ahora) y que sus alusiones daban a entender que algo había seguido mi corta trayectoria, me quedé con las ganas de cruzar unas palabras con él, cosa que no pude hacer hasta el verano pasado, cuando la Semana Negra estaba en plena ebullición y se celebraba una mesa redonda sobre Género negro y universidad que coordinaba mi compadre Alejandro M. Gallo y entre cuyos ponentes se encontraba él como representante de la Universidad de Valladolid. Lo cogí por banda antes de que empezara el acto y me presenté diciéndole lo que ya he explicado aquí: que durante mucho tiempo había estado convencido de su inexistencia, que lo tenía por un fantasma que otros habían inventado para cobijar sus cobardías, que admiraba su capacidad para estar en varios sitios sin que nadie se percatara de su presencia. En eso tienes razón, fue su inquietante respuesta: he estado más de una vez a pocos centímetros de ti, y conseguí que ni siquiera te fijaras en que había alguien siguiéndote los pasos. Como imaginarán, tuve que quitarme el sombrero.

Todo esto viene a cuento porque acaba de llegar a las librerías Líneas de alta tensión (Septem), un volumen donde -con el subtítulo Literatura crónica que viene a cuento- Javier García Rodríguez recopila aquellas crónicas profusas y enigmáticas que hablaban un poco de todo y de todos. Supongo que a los que salen en ellas les/nos gustará verse/vernos, otra vez, reflejados. Y quienes permanezcan ajenos a este baile siempre pueden sorprenderse ante un panorama que visto desde fuera, y para ser sinceros, da la impresión de rozar el puro surrealismo. Hay una razón más para echarle un ojo al libro, y ya va siendo hora de que lo diga: Javier García Rodríguez sabe de lo que habla. Y, además, escribe muy bien.

sábado 4 de julio de 2009

'Los últimos días de Michi Panero': presentación

A falta de una semana y media para que se produzca el acontecimiento, ya puedo hacer oficial que Los últimos días de Michi Panero se presentará en la Semana Negra de Gijón, que este año se celebra en la playa de El Arbeyal, el jueves 16 de julio. El acto tendrá lugar en la Carpa Imagenio-A Quemarropa a las 21 horas, y el encargado de hacer los honores será el escritor Juan Bas.

Si quieren pasarse, están todos invitados.

Cuando pienso en los viejos amigos

Cuando pienso en los viejos amigos que se han ido
de mi vida, pactando con terribles mujeres
que alimentan su miedo y los cubren de hijos
para tenerlos cerca, controlados e inermes.

Cuando pienso en los viejos amigos que se fueron
al país de la muerte, sin billete de vuelta,
sólo porque buscaron el placer en los cuerpos
y el olvido en las drogas que alivian la tristeza.

Cuando pienso en los viejos amigos que, en el fondo
del mar de la memoria, me ofrecieron un día
la extraña sensación de no sentirme solo
y la complicidad de una franca sonrisa...

Luis Alberto de Cuenca

viernes 3 de julio de 2009

ElSúmmum33

Sergio Gaspar conversa largo y tendido con Manuel Vilas; Ignacio del Valle publica un relato inédito; Jordi Doce escribe sobre Alejandro Rossi; Javier Colis y Toli Morilla hablan de sus últimos trabajos; José Luis Piquero nos regala tres poemas inéditos; Fernando Bayona publica en exclusiva su serie fotográfica Circus Christi; Fruela Fernández nos muestra su Bulgaria; Ismael Piñera analiza los dos últimos libros de Xandru Fernández; yo entrevisto a Pepe Gálvez y Antoni Guiral, guionistas del cómic 11-M. La novela gráfica...

...Y mucho más.

Aún no está en la calle, pero ya pueden echarle un ojo pinchando aquí.

miércoles 1 de julio de 2009

Suplementos de verano


Desde que me dedico al periodismo, para mí el verano no lo anuncian ni la noche de San Juan ni el sosticio correspondiente ni la aparición en las radiofórmulas de la consabida canción del ídem, sino la llegada a los quioscos de los suplementos culturales de los periódicos. Son esas páginas que normalmente resultan banales y que casi siempre acaban siendo prescindibles, pero a las que tengo bastante cariño por la sencilla razón de que, de alguna manera, tuvieron bastante que ver en mi formación como periodista, y también en mi tendencia a rechazar ciertos convencionalismos a la hora de ponerme a escribir noticias, reportajes o cualquier cosa que de una u otra manera haga referencia a la actualidad.

Debuté en los suplementos de verano en agosto de 2001, cuando trabajaba de becario en la edición de las Cuencas de La Nueva España y un día recibí una llamada de Chus Neira -fue la primera vez que hablé con él, un año después tuvimos ocasión de conocernos y charlar largo y tendido-, que por entonces coordinaba el cuadernillo veraniego del periódico. Me dijo que buscaba a alguien que hiciese un reportaje consistente en una especie de comparativa entre las dos caras del verano a ambos lados del Pajares, con el túnel del Negrón como nexo inevitable y el lejano y remoto referente de unos científicos que acababan de descubrir no sé dónde que la velocidad de la luz sí variaba en el tiempo y en el espacio, o algo similar. El encargo era una marcianada, pero también una buena oportunidad para pasar el día fuera de la redacción, así que me enviaron a un fotógrafo de Oviedo y con él me dirigí a la autopista del Huerna. Al final, pasamos más de medio día entre Pola de Lena y Barrios de Luna, y aunque una vez de vuelta en Mieres me las vi y me las deseé para encontrar el estilo más apropiado para contar todo aquello (aunque tampoco sabía muy bien qué era lo que tenía que contar), no voy a negar que disfruté mucho escribiéndolo. Además, gustó tanto que al día siguiente apareció como información principal en la primera página del periódico. José Luis Argüelles, que era mi jefe por aquel entonces, me dijo que aparecer en primera era el orgasmo de cualquier periodista. No fue para tanto, pero tuvo su aquél.

Al año siguiente volví a hacer prácticas en La Nueva España, pero esta vez conseguí desembarcar en la redacción de Gijón. Es el verano que recuerdo con más cariño. Por muchas razones. Y todas tienen nombres propios. Fue el verano que conocí a Juan Carlos Gea –juntos nos trabajamos la Semana Negra enterita y nos pasamos bastantes horas de risas en la redacción, también nos cabreamos cuando me tuvo ocho horas persiguiendo por el hipódromo de Las Mestas a Vicky Martín Berrocal-, a Cipri -que tanto confió en mí siempre, y que me enseñó tantas cosas, y que escribía mejor que el mismísimo demonio-, a Dioni Viña -que con tanto cariño me trató siempre, aunque nunca llegamos a intimar demasiado-, al ilustre Ceínos. Fue también el año que conocí a María y a Rocío (cómo pasa el tiempo, monjitas), y a Joaquín Sabina, y a Ángel González, y a Diego Losada. Y cuando tuve mis más y mis menos con Loquillo, y cuando me subí al cerro de Santa Catalina para hacer un homenaje superfreak a Eduardo Chillida un día después de su muerte, y cuando le hice una entrevista absolutamente absurda al gran Luis Aguilé, y cuando tuve que inventarme unos conocimientos de hípica que no tenía para poder charlar durante un cuarto de hora con Cayetano Martínez de Irujo, y cuando me fui al Palacio de los Deportes con una caja llena de máscaras de carnaval para hacer el paripé con los fans de Slipknot, y cuando empecé a hacer crónicas de conciertos por casualidad y acabé convirtiéndome casi casi en un especialista, y cuando amanecí con el pobre Txentxo en una terraza de Cimadevilla, un día de Begoña, a las ocho o las nueve de la mañana.

Para variar, en 2003 no me cambié de ciudad, pero sí de periódico. En La Nueva España se me pusieron mal las cosas y acabé cruzando el frente para alistarme en la trinchera de El Comercio, gracias a los contactos de Cipri y al voto de confianza de María de Álvaro, y allí me metieron en el suplemento de verano correspondiente. Me costó adaptarme (pasé de trabajar en redacciones pequeñas, de no más de doce o trece personas, a trabajar con unos cuarenta periodistas alrededor; de ver el mar a través de la ventana a tropezarme con una mole de ladrillo aledaña a las vías del tren; de bajar a tomar algo a media tarde al puerto deportivo o la plaza del Marqués, a cogerle el truco a la máquina de cafés de la tercera planta), pero poco a poco fui entrando al trapo y -aunque tengo más recuerdos de la época que pasé allí como periodista de hecho- tuve mis gratificaciones: conocí, gracias a una entrevista deliciosa, a Fernando Fueyo (debe de ser el único cura que lee mis columnas todos los jueves, sin perderse ni una), y también a Ángel de la Calle (que además se lee mis libros, no sé si por afición o por penitencia), y por primera vez pisé la Escuela de Fútbol de Mareo, que formaba parte de esos lugares casi míticos que uno atesora en su imaginario infantil. También tuve otras gratificaciones inesperadas, y más mundanas: Arturo Fernández me dijo que era un chaval muy atractivo (y que eso te lo diga Arturo Fernández...), y Concha Velasco me dio preferencia sobre unos admiradores argumentando que no podía firmarles autógrafos porque tenía que atender a ese chico tan guapo (y que eso lo diga Concha Velasco...), y estuve frente al gran Rosendo en la parte trasera de El Bibio, y entrevisté en exclusiva (inesperada) a Jesulín de Ubrique, y estuve en la Feria de la Sidra de Nava, y también en otros sitios de los que ahora prefiero no acordarme.

En septiembre de ese año pasé a formar parte de la plantilla de El Comercio, me metieron en el área de información local y bueno, se me acabó el jolgorio. No volví a frecuentar los suplementos de verano, y supongo que, si hay alguna fecha que señala el inicio de mi trayectoria profesional, es ese 1 de septiembre de 2003 que puso fin a mis sucesivos periodos de prácticas. No me habría parado a pensar en ello de no ser porque hace unos minutos he tenido que escribir un pequeño artículo sobre el Café Gregorio para una pequeña revista estival que estamos preparando en Les Noticies y que verá la luz este viernes y me ha entrado un pelín de nostalgia, afortunadamente pasajera. Finalizada esta pequeña introspección, regreso al tajo. Feliz verano.

martes 30 de junio de 2009

Agustín de Foxá: 50 años

Una de las injusticias que más frecuentemente se cometen con los artistas en general, y con los escritores en particular, consiste en juzgar su obra en virtud de su ideología o sus creencias particulares, como si la calidad o el talento dependiesen en realidad de esos factores. En España, tal desmán ha llevado a que de forma más o menos constante se minusvalore o desprecie el labor de ciertos intelectuales que, por adscribirse en su momento al bando franquista, han visto cómo sus creaciones caían tras la llegada de la democracia en una suerte de limbo del que casi nadi acude a rescatarlas.

Es el caso de Agustín de Foxá (Madrid, 1903-1959). No es un autor al que haya frecuentado mucho, pero probablemente su novela Madrid, de Corte a checa pueda colocarse entre las mejor escritas en la España de la primera mitad del pasado siglo. Crónica de la vida y milagros en el rompeolas de la piel de toro desde la proclamación de la II República a los primeros compases de la Guerra Civil, es cierto que en no pocas partes constituye un alegato muchas veces sonrojante (pero no mucho más que los del otro lado cuando se ponían a hacer loas a Stalin y a publicitar las supuestas libertades de las que gozaban en la URSS), pero también que es un libro primorosamente escrito -sobre todo en sus dos primeros tercios, los menos panfletarios- y que vale la pena dedicarle un poco de tiempo, sobre todo por aquello de quitarse de encima ciertos prejuicios. Se cumplen hoy cincuenta años de su muerte, y yo -que no puedo reivindicar su obra porque, ya lo he dicho, no sé casi nada de ella- he querido aprovechar la efeméride para recordar desde aquí esa novela, con la que tanto disfruté hace unos cuantos años y de la que muchos se han servido -aunque no la citen- para recrear ciertos aspectos de aquella ciudad que se pasó tres largos años sepultada bajo las bombas.

domingo 28 de junio de 2009

El gran Vázquez Montalbán

Dos circunstancias muy distintas pero coincidentes en el tiempo -un próximo viaje a Barcelona y una promoción de un periódico de tirada nacional- me han hecho volver a repasar (de momento de forma muy superficial, pero todo se andará) la obra de Manuel Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939-Bangkok, 2003), un autor por el que siempre he sentido un cariño especial. En primer lugar, porque suyo era el primer libro para adultos que me leí de cabo a rabo. También porque su personaje estrella, el detective Pepe Carvalho, se convirtió con aquella primera lectura (se consolidaría poco a poco con las siguientes) en uno de mis héroes literarios predilectos.

Ahora que se cumplirán pronto cinco años de su muerte en un aeropuerto de Tailandia y que el diario Público ha comenzado a regalar algunos de sus libros los domingos, he pensado que quizás el paso del tiempo haya acabado difuminando un tanto su figura. Que yo sepa, la mayoría de los actos de homenaje o recordatorios que se le han hecho en este último lustro se han centrado casi siempre en su faceta de escritor negro. No sería poco, sobre todo si se tiene en cuenta que sus novelas de la serie Carvalho casi siempre alcanzaban listones considerables (Tatuaje, Los mares del Sur, La soledad del manager o Los pájaros de Bangkok son títulos mayúsculos; Yo maté a Kennedy es una delicia del experimentalismo surrealista, y hasta los meros divertimentos de ocasión o puramente coyunturales -Sabotaje olímpico o Roldán, ni vivo ni muerto- tienen bastante gracia) y que con ellas consiguió, y no por casualidad, dibujar una radiografía bastante exacta de la España que hizo ese extraño y largo viaje desde el franquismo hasta la democracia imperfecta, pero digna, en la que nos encontramos. Sin embargo, resulta injusto que el gran Pepe Carvalho (por mucho que yo lo quiera) eclipse una trayectoria narrativa que posiblemente rayó a mayor altura cada vez que se alejó de su personaje estrella. Tengo para mí que Galíndez es una obra maestra de la narrativa de no ficción (o de la narrativa documental, si se prefiere), y que posiblemente su Autobiografía del general Franco sea uno de los mejores libros que sobre el dictador se han escrito en España. Y aún hay más. Todavía recuerdo cómo disfruté leyendo El pianista, y lo mucho que me sobrecogió Cuarteto, y lo bien que me lo pasé con Los alegres muchachos de Atzavara. Hubo una época en la que cada lanzamiento de Montalbán, cada aparición de un libro suyo, era motivo suficiente para salir de casa e ir corriendo a la librería más próxima. Y creo que con la ayuda de mi padre -que empezó a leerlo bastante antes que yo, y que fue quien me contagió- conseguí reunir casi toda su obra, y junta la tuve hasta que la mudanza me obligó a establecer un pacto entre caballeros a propósito del estante de la biblioteca de mi casa familiar donde se alineaban sus títulos: yo me llevaría sólo los libros que hubiese comprado yo mismo (o que me hubiesen regalado a mí); él, lo imaginarán, se quedaba los suyos.

Sólo con lo mencionado en el párrafo anterior habría motivos suficientes para colocarle en un lugar de honor dentro de la historia reciente de la literatura española, pero sería muy injusto, o directamente idiota, no hacer referencia a su faceta de ensayista. Forjado en el periodismo, Vázquez Montalbán fue sacando de su pluma libros que son auténticos manuales del buen hacer periodístico. Una vez que se descubre que conseguir esa objetividad de la que presumen todos los medios es imposible, porque no existe, se llega a la conclusión de que los únicos análisis posibles son aquellos que resultan ser honestos tanto con los hechos como con uno mismo. Y en eso él fue un maestro. Las entrevistas que reunió en Mis almuerzos con gente inquietante son todo un manual del género; Un polaco en la corte del rey Juan Carlos es una crónica audaz y completísima de los últimos tiempos del felipismo; Y Dios entró en La Habana desmenuza con un rigor y una lucidez extremos las implicaciones políticas y sociales de la primera visita del Papa a la Cuba castrista; La Aznaridad disecciona con gran acierto una parte (la que pudo vivir Montalbán) del periodo que el cuarto presidente de la democracia pasó en La Moncloa; y Marcos: el señor de los espejos desmenuza el estado de la cuestión en Chiapas al tiempo que se aproxima como pocas veces se ha hecho a la figura del Subcomandante. Probablemente a él sí pueda aplicársele sin miedo el adjetivo comprometido, que con tanta alegría y tan poco tino se reparte entre los intelectuales. Comprometido con sus ideas, con su forma de ver el mundo y con su trabajo. Bastan como prueba los artículos que firmaba cada lunes en El País y que tantos, a día de hoy, seguimos echando de menos.

Y además, y por si fuera poco, también escribió poesía. J. M. Castellet lo incluyó en 1970 en su famosa antología Nueve novísimos poetas españoles, y desde 1963 hasta su muerte se fue entregando a ese género con parsimonia, pero sin ninguna pausa, con títulos como Una educación sentimental, Movimientos sin éxito, Coplas a la muerte de mi tía Daniela o Pero el viajero que huye. Los resultados no fueron muy regulares, pero sus versos siempre acababan teniendo algo aprovechable.

Me hubiese gustado conocerle, pero no llegué a tiempo. La única vez que le tuve a tiro -creo que fue en 1996 ó 1997-, no me enteré a tiempo de su presencia en estas tierras. Él venía invitado a la Semana Negra de Gijón y yo vivía en Mieres. Cuando pude pasarme por Gijón, ya se había ido. Entonces pensé que antes o después tendría otra oportunidad, pero me equivocaba. Una tarde de fin de semana, mientras trabajaba en la redacción de El Comercio, me enteré por un teletipo de la agencia Efe de que un infarto había acabado con su vida. Fue la primera muerte ajena que me hizo sentir un poco huérfano. El próximo mes de agosto, cuando llegue a Barcelona, pienso reservar una mesa en Casa Leopoldo para pegarme una buena comilona a su salud. Creo que es uno de los mejores homenajes que puedo hacerle a título personal. Y qué menos.

sábado 27 de junio de 2009

Canción del regreso

Como José Luis García Martín anda ocupado en no sé qué menesteres, desde El Comercio me pidieron que le sustituyera esta semana en la última página del suplemento Culturas. Como su sección, Lecturas y lugares, se compone de textos inspirados en viajes, no se me ocurrió mejor cosa (tampoco viajo tanto, a mi pesar) que trasladar al papel lo que ya he contado alguna que otra vez en esta pantalla. Supongo que uno no puede librarse fácilmente de ciertas obsesiones, así que lo menos que puedo hacer es advertirles para que, si piensan que ya lo he dicho todo sobre el tema, pasen de largo. Y perdonen la insistencia.



Canción del regreso

Uno no debe regresar nunca a aquellos lugares en los que fue feliz porque corre el riesgo de no encontrarlos, de verse caminando entre recuerdos sepultados por edificios de nueva planta, de descubrir que aquello que creía tener a buen recaudo en su memoria no era más que una mentira urdida a medias entre el tiempo y la nostalgia. Pero hay un riesgo peor: el de constatar que todo permanece igual que siempre y que somos nosotros los que, irremediablemente, hemos dejado de ser los mismos que fuimos. Hace unos meses volví a Lastres después de veinte años sin pisar las calles en las que habían transcurrido los veranos de mi infancia, pero fui incapaz de encontrar al niño que había aprendido a andar en bicicleta a la sombra del espigón del puerto o que disfrutaba mirando las tormentas nocturnas desde una ventana que ya no le pertenece. Volví a pasear por aquellos escenarios que una vez fueron cotidianos -la torre del reloj, la ermita de San Roque, la plaza de la iglesia- sin que sus recodos me devolvieran la mirada de mis seis, siete, ocho años, y pasé junto a la casa de aquel pescador que una vez me subió a su barca para surcar junto a él las aguas del Cantábrico sin atreverme a tocar a su timbre, por lo que pudiera no encontrar al otro lado.

Sí entré en el bar Bitácora. Allí también el calendario parecía haberse detenido en algún momento de 1988 ó 1989. Reconocí al dueño en cuanto lo tuve delante. Le comenté que muchos veranos atrás solía ir por allí casi a diario. Me miró de arriba abajo. No me recordaba.
-¿Cuánto hace que no vienes?
-Unos veinte años.
-Claro, no puedo acordarme, pero no te preocupes. Todo sigue igual que lo dejaste.

Miré a mi alrededor y asentí en silencio y me tomé la cerveza mientras en mi mente bullían los versos de aquel viejo poema de Cavafis (Ítaca te brindó tan hermoso viaje. / Sin ella no habrías emprendido el camino, / pero no tiene ya nada que darte). Mientras él atendía a una pareja de turistas, reparé en que aquellas dos décadas habían borrado su nombre de mi cabeza. Se lo pregunté.
-Ulises -respondió-. Me llamo Ulises.

El Comercio, 27 de junio de 2009

viernes 26 de junio de 2009

Michael Jackson (1958-2009)

Ayer apareció publicado en El Comercio un artículo que les dediqué a los Stukas con motivo del reciente fallecimiento de su cantante, y en él decía que hay determinadas cosas que en el momento que les corresponde parecen carecer de importancia pero que luego, una vez transcurrido el tiempo necesario, acaban revelando su verdadero calibre. Hablaba de cómo muchos grupos y muchos músicos (pero también podrían ser muchos libros, o alguna que otra película) que entonces resultaban esenciales acabaron languideciendo en el olvido, mientras que otros que parecían pasar de puntillas han terminado ocupando un hueco importante y nada desdeñable en mi imaginario personal.

Michael Jackson estaba en este segundo grupo. Cuando estaba en su momento de máxima gloria, allá por los ochenta, yo era casi un niño de teta, pero tenía un compañero de clase en 1º de EGB que por los motivos que fuera se había hecho fan acérrimo del rey del pop. Por su culpa me compré la casette de Bad -que acababa de salir por aquel entonces-, y algunos años más tarde, ya con pleno conocimiento de causa, me hice con el vinilo de Dangerous. Poca relación más tuve con la obra de Jackson. Cuando vino a tocar a Oviedo, ni me planteé ir a verlo, y la máxima locura que hice en ese sentido (y creo que puede llamársele así) fue atreverme a ver Moonwalker no sé muy bien por qué oscuras razones.

Y sin embargo, ahora que acaba de morir me he dado cuenta de que canciones como Thriller, Smooth Criminal, The Way You Make Me Feel, Billie Jean, Black or White (mis favoritas) o la ya citada Bad han estado siempre ahí, de alguna manera, sonando de fondo mientras yo andaba a otras cosas, tan incorporadas a mi subconsciente como la necesidad de respirar o el mecanismo necesario para dar unos cuantos pasos seguidos. Supongo que las escuché tanto en su día que terminaron quedándose para siempre en algún rincón de yo qué sé dónde. Y me he percatado de que, pese al tiempo que ha transcurrido desde entonces, no han dejado de gustarme.

Por lo demás, no voy a entrar en el juego de los elogios necrológicos. El tipo nunca me cayó bien. Siempre vi en él una extraña mezcla de paranoia y narcisismo (perdón por el pleonasmo) que jamás consiguió hacérmelo simpático. Ya no entro en sus matrimonios de conveniencia, ni en esos hijos tan extraños que le salieron, ni en las acusaciones que ni siquiera sé si fueron o no ratificadas por un juez. Creo que, en realidad, el rey del pop tuvo a fin de cuentas una vida tan fastidiada que, más que admiración, veneración o respeto, todo lo que pude sentir por él fue pena. Que ahora, por lo menos, pueda descansar en paz.

jueves 25 de junio de 2009

Microcosmos161: Stukas

Para quienes pasamos la adolescencia en la cuenca minera de los noventa, los Stukas eran una cosa un tanto anacrónica, una especie de vestigio del pasado que tolerábamos con más ironía que respeto y al que, a decir verdad, nunca pusimos más atención que la que tocaba echarle en las pistas de baile cada vez que al pinchadiscos de turno le salía la vena retro y colocaba Mira a esa chica o Hazañas bélicas para propiciar esos momentos de oro en los que la música nos servía de coartada para acercarnos a la tía que nos gustaba y lanzarle, cada uno como bien pudiera, dos o tres indirectas que ella, para nuestra desgracia, casi nunca sabía ni quería interpretar.

Éramos tan jóvenes, tan altos, tan guapos y tan idiotas, tan sumamente pagados de nosotros mismos, que no encontrábamos manera de explicarnos cómo las generaciones anteriores a la nuestra podían admirar a unos tipos que habían nacido en Langreo y no en Seattle y que, para colmo, seguían avecindados al lado mismo de nuestras casas, como quien dice, en vez de labrarse un futuro digno y fulgurante al otro lado del Pajares. Por eso fue curioso comprobar cómo a medida que íbamos haciéndonos mayores dejaban de gustarnos buena parte de aquellos grupos con los que habíamos agitado nuestras hormonas quinceañeras y, en cambio, los chicos de Ordóñez y Altable empezaban a ganar peso en ese territorio difuso y casi siempre indefinible que se ha dado en llamar educación sentimental. Hoy, cuando todos vamos ya camino de los treinta y hemos desertado, en mayor o menor medida, de los sueños que guiaban las ambiciones de aquellos años, resulta que sabemos que, si los Stukas tenían algo de lo que carecían aquellos otros a los que tanto habíamos amado, es que ellos sí eran un grupo de verdad, de esos curtidos a base de carreteras infames y escenarios ruinosos y bolos humillantes. Si podían presumir de una virtud, era de su autenticidad, de ese mostrarse a cara descubierta sin pudor a enseñar más cicatrices de las necesarias ni vergüenza de mostrar unas carencias que sabían suplir con garra, oficio y talento. Tardamos en darnos cuenta -y ya lo lamentamos en su día, pero aún más ahora que Ordóñez se ha ido a hacerle compañía a Altable a quién sabe qué lugar recóndito- de que probablemente los Stukas no fuesen ni mucho menos la mejor banda del rock del mundo, pero a cambio hacían gala de una cualidad que los ha convertido para siempre en intocables: ellos sí eran de los nuestros.

El Comercio, 25 de junio de 2009